Podemos afirmar que el Monasterio de Santa María de Piasca, del que sólo conservamos la iglesia, es, junto a la Colegiata de Santillana, el edificio más señero del románico montañés en cuanto al valor artístico de su labor escultórica. Sus orígenes, como los de otros monasterios de Cantabria, se remontan a las últimas décadas del siglo VIII o primeras del IX, años en los que las políticas repobladoras de los reyes Alfonso I (739-757) y Alfonso II de Asturias (791-842) favorecieron el asentamiento de cenobios cristianos. En todo caso, el primer documento en que se hace mención directa del edificio no aparece hasta el año 930, en una escritura de donación que Theoda y Argonti hacen a la villa de Piasca "ubi ipsa basselica fundata est". Éste último se refiere a ella como basílica. Habrá que esperar hasta el año 941 para que la palabra "monasterio" aparezca junto al nombre de Santa María de Piasca. Desde sus orígenes fue dúplice, condición que mantuvo al menos hasta el siglo XVI. La iglesia actual fue consagrada en 1172. Es de planta basilical y tres naves, la central más alta y ancha. La cabecera la componen dos ábsides semicirculares, el central y el de la epístola, y uno rectangular, el del evangelio. Fue declarada Monumento Nacional en 1930.
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